Sobre la falla de saber cómo condición del acto (analítico)

Breves puntuaciones sobre el acto

1. Un acto, si lo es, se separa de la intención, incluso de la dignidad de un propósito del estilo “ahí quiero llegar”.

2. No es del orden de una actividad ni de una acción. “El acto sólo es una acción, así lo señala Lacan en el Seminario de la Angustia, en la medida que se manifiesta el deseo mismo que habría estado destinado a inhibirlo”1.

3. No responde a un cálculo. No se delibera sobre hacer un acto, va más allá de la conclusión de un razonamiento.

4. No hay saber previo, que diga de su condición. De hecho, podemos decir que el saber no es una condición del acto. Eventualmente ocurrido éste, se obtendrá de él un saber, aunque por supuesto, como todo saber, no-todo.

5. Así en el acto la dimensión del tiempo es fundamental. Pero no el tiempo suspendido en una conclusión esperada, más bien el que incluye la sorpresa.

Cruzar la línea

El acto incluye la verificación de una consecuencia. Hay acto en tanto hay una consecuencia. Si bien no es cualquiera, es una que incluya que algo que no estaba, esté.

En el acto, si lo es, no hay vuelta atrás (lo que lo equipara al pasaje al acto). Hay algo del orden de un atravesamiento. Incluso más precisamente se corrobora un atravesamiento, una modificación del panorama subjetivo.

Un ejemplo. En la serie La línea invisible de 2020, sobre los inicios de ETA en el tiempo de la dictadura franquista, se puede distinguir de manera precisa el momento de la decisión colectiva (pasar de la protesta social a la lucha armada), al del pasaje al acto individual (el primer asesinato). Un no pienso, especie de holofraseado entre el instante de ver y el momento de concluir, y los efectos de modificación subjetiva en el sujeto que lo realiza (aunque también en lo social). Unheimlich, “[…] aquella vieja presencia en la existencia humana de la muerte”2.

El acto entonces está siempre en el lugar de un decir, pero a condición de que el sujeto sea cambiado. Si no se trata más bien del acting-out.

Con todo ello podemos decir que todo acto es un acto fallido, al no saber de entrada si lo es o no lo es, y en la medida de que sus consecuencias son incalculables.

Entonces…el acto analítico

Con el acto analítico nos encontramos de lleno con la falla del sujeto supuesto al saber. Dado que no hay cálculo, ni saber preconcebido, se trata de lo que falla en el saber cómo condición misma del acto analítico. Falla también en el sentido de la grieta, por ejemplo, por donde se “cuela” un efecto sorpresivo de una interpretación del analista en el cuerpo del analizante, inscribiéndose en lo real (del cuerpo). En el acto, fallido, señala Miller, “el inconsciente emerge en el pensamiento, en la palabra, en el cuerpo y desplaza, desplaza el acto, le hace decir otra cosa […]”3.

Sin esa falla, nada se puede experimentar del “no hay relación sexual”. Experimentar en el sentido de tocar el goce, incluso más que de un saber sobre él.

El acto analítico, aquel que es efecto del deseo del analista, se zafa de la captura de lo universal, y con ello de los discursos de dominio. Inaugura una ética, la de las consecuencias, que se zafa a su vez de las normas. Normas que no son más que meros remedios de la que no puede dejar de producirse, la repetición. La norma social, como señala Miller, es siempre sintomática4.

Aún…Un giro copernicano

Con el Seminario 14, La lógica del fantasma, se abre una nueva dimensión del acto analítico. El analista, ya no ocupa el lugar del Otro, que con su interpretación revela una verdad oculta, o del Otro tachado, que exilia al sujeto de esa verdad, más bien está ahí como objeto de la pulsión, se presta como objeto de la pulsión. Aquí el sujeto es subvertido por el objeto.

Entonces…la sorpresa y el goce del cuerpo viviente en primer plano.

Eugenio Díaz

ediapfre@copc.cat

 

Notas:

  1. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 10, La angustia. Paidós, Barcelona, 2013, p. 392.

  2. Miller, Jacques-Alain, “Tres conferencias brasileñas”, El síntoma charlatán. Paidós Ibérica, Barcelona 1998, p. 15.

  3. Miller, Jacques-Alain, Jacques Lacan: observaciones sobre su concepto de pasaje al acto”, Infortunios del acto analítico, Atuel, Buenos Aires, 1993, pp. 4-5.

  4. Miller, Jacques-Alain. “Tres conferencias brasileñas”. Op. cit., p. 18.

 

Rechazo del inconsciente, política del acto

El psicoanálisis se basa en la hipótesis del inconsciente. Muchas teorías y prácticas derivadas del psicoanálisis han abandonado el campo del inconsciente para centrarse en el yo o incluso en los comportamientos. La psicología y gran parte de las psicoterapias van en esta dirección. El discurso común no hace más que sostener de manera cada vez más insistente la suposición de que el yo es dueño en su propia casa, que el ser humano puede y, por lo tanto, debe autodeterminarse sin el Otro —el Otro que es ante todo Otro de la palabra y del lenguaje— en una idea de “libertad” que empuja hacia lo peor.

El rechazo del inconsciente en nuestra época se manifiesta de muchas maneras, y el ámbito de la política es quizás el ejemplo más llamativo. En un mundo en el que el Otro se revela inconsistente —ya que no ofrece garantías— solo se impone la fuerza bruta. Ya sea que se manifieste en la violencia y la guerra, en la imposición de significantes amos o de un pensamiento único, o en la forma más sutil de prescripciones respaldadas por una autoridad pseudocientífica (como ocurre en muchas psicoterapias), a través de los protocolos, o en la “servidumbre voluntaria” que consiste en el hecho de que, hoy en día, cada vez más individuos contemporáneos se someten a la tiranía de las reglas del mercado y del capital, todo esto produce como efecto la cancelación del sujeto, que es ante todo “sujeto sometido a la palabra, a su poder en la estructura del lenguaje”1.

Hacer un análisis significa experimentar con dolor la división, la verdad no-toda a nivel de la palabra, lo que escapa al significante, el fracaso que lo real impone en la experiencia humana. Como sabemos, en los estudios de los analistas, así como en las instituciones en las que trabajamos, hoy en día encontramos cada vez menos individuos que, al menos en un primer momento, se presentan bajo el signo de esta laceración y este conflicto. Cada vez más, nos encontramos con personas que acuden a nosotros bajo el signo de un exceso de goce, un goce invasivo e insoportable ligado a los objetos de consumo, un goce mortífero que invade sus vidas, que satura (ilusoriamente) la falta, que tapa el deseo: a esto corresponde el correlato depresivo que a menudo enmarca estas manifestaciones.

Por otro lado, nosotros, los analistas, también estamos inmersos en la época contemporánea y en su lógica. ¿Cómo seguir defendiendo la política del inconsciente? ¿Cómo no encontrarnos aplastados, tal vez sin siquiera darnos cuenta, practicando una psicoterapia más o menos adaptativa, apuntando así al bien del sujeto? ¿Cómo no caer en la ilusión de saber lo que es un analista, construyendo “líneas guía” —quizás modeladas a partir de un otro— que suponemos que pueden ayudarnos en la práctica? ¿Cómo no caer en la ilusión de una verdad última —aunque sea “psicoanalítica”— de un Otro consistente, que garantiza tanto a nivel de la política del psicoanálisis como a nivel de la política de la cura? O, por el contrario, ¿cómo no diluir la subversión psicoanalítica, la subversión que introduce el inconsciente, en prácticas híbridas y en modalidades autorreferenciales en las que, queramos o no, nos apoyamos en nuestra supuesta autoridad? “De hecho, a veces es lo que más nos cuesta: hacernos responsables de las consecuencias de lo que decimos más allá de nuestras intenciones conscientes”2. ¿No son acaso los psicoanalistas los que corren mayor riesgo en relación con el rechazo del inconsciente?

Lacan nos lo muestra cuando funda y luego cuando disuelve su Escuela: solo el trabajo —no en soledad— permite mantener la tensión necesaria para que la práctica del psicoanálisis no resulte ser una estafa. Dado que el acto no está garantizado por ninguna autoridad, sino que siempre y solo habrá sido aprés-coup, solo queda la conversación entre varios para mantener abierta la pregunta fundamental que funda una Escuela de psicoanálisis: ¿qué es un analista? Una conversación que no presupone maestros ni amos, sino en la que cada uno puede ser puesto en su lugar de sujeto responsable de su propia enunciación. Los dispositivos que ofrece la Escuela apuntan a esto: el control, los encuentros de Escuela, los cárteles, pero también la enseñanza; si esta, como decía Lacan, se lleva a cabo desde la posición analizante. En el cártel esta modalidad de vínculo apuntará a la producción de un saber inédito; en un control, se tratará de captar algo de la propia posición como analista en relación con un caso; en una enseñanza, de la propia relación con el saber, etc.

Pero se necesita un deseo decidido para que todo esto se produzca.

Paola Bolgiani

salbol.salbol@gmail.com

 

Notas:

  1. Miquel Bassols. Autoridad y autoritarismo. RBA, Barcelona, 2022, p. 66.

  2. Ibid.

 

Una lectura lógica del acting-out

“Cuando allí interviene el corte, eso es entonces lo que se llama acting-out1; Lacan presenta esta idea en medio de su interrogación por lo que implica la subjetivación del sexo en términos lógicos.

La “enseñanza lógica del sexo”, según Miller, es lógica cuando ordena el goce. Mientras que la falta se inscribe con el significante, el goce es un resto imposible de significar.

La lógica del fantasma es una anticipación, hay una precisión para detenerse: “el acto es un significante que se repite”2; referencia sostenida en el pensamiento de que el acto sexual se presenta como un significante y en tanto tal “repite algo” imposible de inscribirse, determinado por lo real.

Dialéctica de la pulsión: alienación

El concepto lacaniano de alienación es un elemento que no proviene de la clínica freudiana, introduce “lo que toca a la entrada en el inconsciente”3. Para ello Lacan, en Los cuatro conceptos…se detiene en lo que se produce en el campo del sujeto y el Otro, y en esta vía la pulsión parcial es la representante de las consecuencias de la sexualidad en el inconsciente. Es por ello que recurre a la falta, como operador inconsciente donde se instaura la sexualidad en el sujeto.

Es la razón por la que se sitúa, a esta altura, la superposición de dos faltas: una simbólica y otra real anterior. De este modo, a la relación del sujeto con el Otro –en tanto borde– se corresponden dos operaciones.

En la articulación del fantasma, en el vel, se encuentra un borde funcionando4. De esta manera, topológicamente, la mitad inferior del rombo ubica la primera operación, la alienación, la que funda al sujeto, un “vel que condena”5 a una elección. Es una operación fundante, la interpretación analítica reúne, por su eficacia, ese sin salida entre el ser –el sujeto– y el sentido –el Otro–. La interpretación, entonces, apunta a reducir los significantes a su sin-sentido, para encontrar aquellos significantes determinados por lo real.

La segunda operación determinada por la separación, en cambio, es situada en esa misma “lúnula”6, en esa misma hiancia. Si en la alineación queda ubicada la interpretación como paradigmática, en la separación queda situada la transferencia. Aquí es donde se superponen las dos faltas, una cubre a la otra bajo la lógica de una temporalidad particular: “la falta generada en el tiempo precedente sirve para responder a la falta suscitada por el tiempo siguiente”7. Lo que no pasa desapercibido en esta lógica, es el objeto a por su valor de resto no significantizable.

Un año antes a este Seminario, el concepto de la angustia lo anticipó. Miller lo subraya cuando establece que es la elaboración de una falta irreductible al significante, “una estructura no significante de la falta, que pasa por la topología y que despeja un estatuto inédito del cuerpo”8.

Repetición de goce

Años más tarde, en La lógica del fantasma, el Otro pasa al estatuto de cuerpo; allí se vuelve a leer sobre la alienación, esta vez presentada según la alternancia de dos direcciones diferentes; operaciones que conducen a dos elementos. El primero por el Yo no pienso, por su diferencia con lo que no se puede elegir, precisado en un Yo no soy que “opone y une al núcleo inconsciente”9.

De este modo, la repetición equivalente al acto quedará situada por los dos estatus del sujeto: el Yo de la alienación por su sesgo imaginario y, por otro, “la conjunción Inconsciente-No soy10, que solo es alcanzada por el análisis.

Lacan es claro, la repetición “solo la permite el efecto de retroacción”11, y esto se debe al significante, razón por la que se detiene sobre el elemento imposible de elegir en la alienación, en lo que queda por fuera del campo significante.

Por eso esta parte de la alienación queda subrayada junto a la idea de eliminación, “en el sentido estricto” como “hacia fuera de un umbral”12, como eliminación del Otro, indicando el campo del sin-sentido.

El esquema del cuadrángulo de la repetición es propuesto para demostrar el estatuto del acto. El pasaje al acto cumple su función con la repetición, mientras la sublimación cumple su función en la relación al acting-out, en tanto revela la verdad del síntoma como “una opacidad subjetiva”13.

La sublimación enseña que hay un tipo de satisfacción que se rencuentra sin “ninguna transformación, desplazamiento, escape, represión, reacción, o defensa”14. A mi entender, el lugar de penumbra, opacidad subjetiva, quedará definido por lo real y la satisfacción de la repetición como su velo15.

¿Qué destino analítico darle a este esquema? Encuentro una respuesta en Sutilezas analíticas: “una cadena significante siempre tiene una doble consecuencia (por un lado, un efecto de sentido y, por otro, un producto de goce)”16.

Para concluir, esto lleva implícito un interrogante clínico, acaso el acting-out, en su versión lógica, ¿anuncia un tipo de rechazo del inconsciente real? Se lo puede pensar como una forma de rechazo, se podría decir que sí, cuando conseguimos desplazar el estatuto del Otro del sentido al Otro en su valor de cuerpo.

Débora Nitzcaner

dnitzcaner@gmail.com

 

Notas:

  1. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 14, La lógica del fantasma. Paidós, Buenos Aires, 2023, p. 161.

  2. Ibíd., 172.

  3. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del inconsciente. Paidós, Buenos Aires, 1992, p. 212.

  4. Ibíd., p. 217.

  5. Ibíd., p. 218.

  6. Ibíd., p. 221.

  7. Ibíd., p. 223.

  8. Miller, Jacques-Alain. La angustia lacaniana. Paidós, Buenos Aires, 2007, p. 34.

  9. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 14, la lógica del fantasma. Op.cit., p. 158.

  10. Ibíd., p. 161.

  11. Ibíd., p. 159.

  12. Ibíd., p. 165.

  13. Ibíd., p. 166.

  14. Ibíd., p. 171.

  15. Ibíd., p. 170.

  16. Miller, Jacques-Alain. Sutilezas analíticas. Paidós, Buenos Aires, 2011, p. 16.