Rechazo del inconsciente, política del acto
El psicoanálisis se basa en la hipótesis del inconsciente. Muchas teorías y prácticas derivadas del psicoanálisis han abandonado el campo del inconsciente para centrarse en el yo o incluso en los comportamientos. La psicología y gran parte de las psicoterapias van en esta dirección. El discurso común no hace más que sostener de manera cada vez más insistente la suposición de que el yo es dueño en su propia casa, que el ser humano puede y, por lo tanto, debe autodeterminarse sin el Otro —el Otro que es ante todo Otro de la palabra y del lenguaje— en una idea de “libertad” que empuja hacia lo peor.
El rechazo del inconsciente en nuestra época se manifiesta de muchas maneras, y el ámbito de la política es quizás el ejemplo más llamativo. En un mundo en el que el Otro se revela inconsistente —ya que no ofrece garantías— solo se impone la fuerza bruta. Ya sea que se manifieste en la violencia y la guerra, en la imposición de significantes amos o de un pensamiento único, o en la forma más sutil de prescripciones respaldadas por una autoridad pseudocientífica (como ocurre en muchas psicoterapias), a través de los protocolos, o en la “servidumbre voluntaria” que consiste en el hecho de que, hoy en día, cada vez más individuos contemporáneos se someten a la tiranía de las reglas del mercado y del capital, todo esto produce como efecto la cancelación del sujeto, que es ante todo “sujeto sometido a la palabra, a su poder en la estructura del lenguaje”1.
Hacer un análisis significa experimentar con dolor la división, la verdad no-toda a nivel de la palabra, lo que escapa al significante, el fracaso que lo real impone en la experiencia humana. Como sabemos, en los estudios de los analistas, así como en las instituciones en las que trabajamos, hoy en día encontramos cada vez menos individuos que, al menos en un primer momento, se presentan bajo el signo de esta laceración y este conflicto. Cada vez más, nos encontramos con personas que acuden a nosotros bajo el signo de un exceso de goce, un goce invasivo e insoportable ligado a los objetos de consumo, un goce mortífero que invade sus vidas, que satura (ilusoriamente) la falta, que tapa el deseo: a esto corresponde el correlato depresivo que a menudo enmarca estas manifestaciones.
Por otro lado, nosotros, los analistas, también estamos inmersos en la época contemporánea y en su lógica. ¿Cómo seguir defendiendo la política del inconsciente? ¿Cómo no encontrarnos aplastados, tal vez sin siquiera darnos cuenta, practicando una psicoterapia más o menos adaptativa, apuntando así al bien del sujeto? ¿Cómo no caer en la ilusión de saber lo que es un analista, construyendo “líneas guía” —quizás modeladas a partir de un otro— que suponemos que pueden ayudarnos en la práctica? ¿Cómo no caer en la ilusión de una verdad última —aunque sea “psicoanalítica”— de un Otro consistente, que garantiza tanto a nivel de la política del psicoanálisis como a nivel de la política de la cura? O, por el contrario, ¿cómo no diluir la subversión psicoanalítica, la subversión que introduce el inconsciente, en prácticas híbridas y en modalidades autorreferenciales en las que, queramos o no, nos apoyamos en nuestra supuesta autoridad? “De hecho, a veces es lo que más nos cuesta: hacernos responsables de las consecuencias de lo que decimos más allá de nuestras intenciones conscientes”2. ¿No son acaso los psicoanalistas los que corren mayor riesgo en relación con el rechazo del inconsciente?
Lacan nos lo muestra cuando funda y luego cuando disuelve su Escuela: solo el trabajo —no en soledad— permite mantener la tensión necesaria para que la práctica del psicoanálisis no resulte ser una estafa. Dado que el acto no está garantizado por ninguna autoridad, sino que siempre y solo habrá sido aprés-coup, solo queda la conversación entre varios para mantener abierta la pregunta fundamental que funda una Escuela de psicoanálisis: ¿qué es un analista? Una conversación que no presupone maestros ni amos, sino en la que cada uno puede ser puesto en su lugar de sujeto responsable de su propia enunciación. Los dispositivos que ofrece la Escuela apuntan a esto: el control, los encuentros de Escuela, los cárteles, pero también la enseñanza; si esta, como decía Lacan, se lleva a cabo desde la posición analizante. En el cártel esta modalidad de vínculo apuntará a la producción de un saber inédito; en un control, se tratará de captar algo de la propia posición como analista en relación con un caso; en una enseñanza, de la propia relación con el saber, etc.
Pero se necesita un deseo decidido para que todo esto se produzca.
Paola Bolgiani
Notas: