EJE
El acto analítico, un acto sin medida.
Su lógica, su contingencia y su ética

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El acto analítico, un acto sin medida
Oscar Ventura

Una anécdota

Rescato como introducción una anécdota, nos la relata ese tipo entrañable que fue Serge Cottet. Parece ser que en una de las lecciones del seminario XIV -no sabemos exactamente cual, pero podemos inferir que se trata de algunas de las lecciones en las cuales Lacan trataba a partir de las matemáticas, la lógica y la geometría de dar cuenta de la inconmensurabilidad del goce- “un analista dijo algo que de sobremanera desagradó al Dr. Lacan […] El susodicho analista dijo “la próxima vez que haga el amor no tengo que olvidarme la regla de calcular”1. Este desengañado de la falta de relación sexual, tal como Serge Cottet lo califica, daba cuenta de un no querer saber nada de aquello que funda el síntoma como tal, del enigma sexo que solo puede ser captado en su inconmensurabilidad, en su ausencia de medida y de proporción, donde ninguna regla de calcular puede delimitar la medida adecuada de lo que se pone en juego, porque justamente no hay forma posible de medir una ausencia.

De la medida a la contingencia

Este breve recuerdo nos sirve pues para poner en perspectiva que en lo que al acto analítico se refiere, todo aquello que sea del orden de la medida, del cálculo en la transferencia, en definitiva, de un saber que pudiera anticiparlo, no representaría más que la esperanza vana de pretender conectar lo que es la disyunción estructural que existe entre el saber y el goce. Si hay una lógica del acto analítico solo puede ser formalizada retroactivamente por la contingencia misma de aquello que la experiencia de un análisis puede escribir más allá del relato del analizante, de aquello que no está escrito para ser leído.

La contingencia, dice Lacan, “la encarné en el cesa de no escribirse”. Pues no hay allí más que encuentro, encuentro, en la pareja, de los síntomas, de los afectos, de todo cuanto en cada quien marca la huella de su exilio, no como sujeto sino como hablante, de su exilio de la relación sexual”2. Y es en este territorio de las huellas de un exilio donde el acto analítico tiene la posibilidad de emerger, ya no siendo solidario del sujeto del inconsciente, sino del parlêtre al que en un momento cualquiera sea de la experiencia, se le borran las huellas con las que pretendía ofrecerle un nombre a la sustancia gozante que lo atraviesa como fundamento último de su existencia.

El exilio de las huellas

Las huellas de un exilio. Detengámonos un poco en ellas. Si de lo que se trata en el devenir de la cura concierne a una reducción progresiva del sentido, es lícito decir que las huellas que construyen la historización, que forman parte de una memoria siempre incierta y que hacen de soporte al relato del sujeto en el tiempo de la cura, si esta está, podemos decirlo así, orientada por lo real, esas huellas pierden consistencia. Las formas en que el analista interviene en la transferencia, sus interpretaciones, sus escansiones, sus puntuaciones, sus cortes… son el testimonio de que en última instancia el inconsciente estructurado como un lenguaje es un aparato de goce. Y todas esas maniobras en la transferencia estarían destinadas a reducir ese aparato que no deja de gozar del sentido que despliega. Ese despliegue no muestra más que la impotencia de pretender alcanzar una satisfacción que falla todo el tiempo, porque lo que busca, como tal, no existe. Se trata de orientar al sujeto no en el plano de la búsqueda infinita, más bien en la contingencia que puede sorprenderlo en una satisfacción inédita, que ya no se soporta en el semblante, sino en el cuerpo que la soporta.

El cuerpo y la resonancia

En esta dirección, huella y repetición son un binomio que se articula. Lo que llamamos huellas en este sentido son solidarias de la repetición. Esto tiene una raigambre y una genealogía freudiana muy precisa; el límite de la rememoración es la repetición. Y la cosa interesante, reside justamente en pensar qué tipo de escritura puede advenir más allá de lo que el inconsciente interpreta por sí mismo. O, dicho de otra manera, el inconsciente es lo que se lee, lo que se interpreta. Pero lo que es del orden del goce no admite ninguna lectura, el goce en última instancia puede encarnarse en una letra que no está para ser leída, sino que es solidaria de una resonancia en el cuerpo de la cual emerge.

Y este territorio sin huellas para leer implica un momento muy fundamental de la experiencia. Podemos intentar decirlo de una manera simplificada, rápida; es cuando por ejemplo en las vicisitudes de una cura se produce un cese de la demanda, un stop de la metonimia, cuando uno deja de hablarle al Otro, inclusive cuando se instala la certeza de que no hay más que decir… Y es en ese momento que algo diferente probablemente pueda escribirse en la transferencia. Algo que requiere de un acto que ofrezca la posibilidad de hacer mutar el goce, de permitirle una declinación que no se encapsule en la pura pulsión de muerte, que pueda devenir una Otra satisfacción que no sea la ruina del sujeto.

Pero claro, esto implica también una lógica diferente de la interpretación o más bien, para decirlo con más propiedad, del acto como tal. ¿Y de qué naturaleza es este acto? ¿A dónde apunta si ya no apunta al significante como tal, si ya no es solidario del desciframiento, si no se trata de la razón? Podemos decir que en él lo que se escribe es del orden de la resonancia, de lo que en el cuerpo responde como acontecimiento del decir. ¿Pero qué es la resonancia? Es algo que no llega a decirse pero que sin embargo se escucha, algo de la propia lengua del sujeto que puede ser aislado, algo inclusive extranjero al lenguaje, pero producido por el lenguaje mismo, destilado por el lenguaje. Y es en este espacio donde el acto se impone y sus efectos, como dice Lacan, serán recibidos al nivel “de la estimulación que aportan a la inventiva del sujeto”3, a la poesía que puede imprimir su propia lengua.

La extraña materialidad de lo que se escucha

¿Puede materializarse eso que no se dice, pero se escucha? Podríamos pensar que puede ser un neologismo, el resto indecible de un sueño, un equívoco. Pero lo fundamental es que, si eso se produce, si eso es escuchado, sea lo que sea… el sujeto, en ese instante, en ese mismo momento queda solo con su lengua privada, con lo más íntimo, sin analista, sin Otro, sin sujeto supuesto saber, ni semblante de objeto, “El acto analítico está vinculado al sujeto supuesto saber pero precisamente en su falla”4.

¿Cómo hacer resonar eso? No hay una fórmula, claro, porque el analista mismo es sorprendido en lo que escucha, impacta en él. Tal vez y solamente como una fórmula posible entre otras, se pueda decir que es la jaculación como acto, por ejemplo, lo que puede sancionar eso, esa perturbación del discurso, esa caída de la cadena, ese fracaso del sentido. Pero claro, no nos podemos deslizar hacía una técnica, porque no existe. En todo caso es el cuerpo del analista que de alguna manera responde al impacto y hace de soporte a eso haciendo resonar que allí hay algo cifrado, una letra que no es significante y que ya no admite ningún S2, dejando al sujeto a merced de su propia relación con la lengua. Y en este sentido es, efectivamente, un momento de destitución del analista. El acto tiene la propiedad, en el momento mismo de producirse, de desalojar al analista de la escena. Y es el analista quien consiente a no ser más que un objeto desechable, porque no reside en él más que el mérito de ser el testigo del fracaso del saber que él representa en cada acto que realiza. Ahí reside la condición ética en la que funda su práctica.

 

Notas:

  1. Cottet, Serge. “Lapsus del Acto Sexual: Ejaculatio Praecox”, Acto e Interpretación. Manantial, Buenos Aires, 1984, p. 31.

  2. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 20, Aún. Paidós, Buenos Aires, 2016, p. 175.

  3. Lacan, Jacques. Le Séminaire, livre XV, L’Acte psichanalytique. Seuil et Le Champ Freudien. París, 2024, p. 65.

  4. Miller, Jacques-Alain. Donc, La lógica de la cura. Paidós, Buenos Aires, 2011, p. 438.