Texto de Orientación
El acto y sus consecuencias
Neus Carbonell
El título de las jornadas que nos convocan los días 22 y 23 de noviembre introduce en su enunciado una referencia al objeto a, alusión que puede resultar algo enigmática para quienes no estén familiarizados con la fórmula lacaniana. Esta mención inicial opera como una llamada de atención sobre el hecho de que la elucidación del acto analítico gira, precisamente, en torno a esta noción compleja y decisiva. Comprender el lugar que ocupa el objeto a en el acto nos ofrece la medida exacta de lo que este implica. Además, el papel que se le otorga va a permitir captar el alcance de la segunda parte del título de las jornadas: clínica de las consecuencias. Porque hay acto analítico, hay, necesariamente, clínica de las consecuencias. Conviene, pues, volver a pensar en la razón de esta relación.
Una frase del Seminario XV, “El acto, todo acto, y no únicamente el acto psicoanalítico, solo promete a aquel que toma la iniciativa este fin que designo en el objeto a”1 merece ser leída con detenimiento para iluminar las cuestiones que planteamos como punto de partida.
Leamos, paso a paso, la cita. En todo acto se encuentra “aquel que toma la iniciativa”, modo elusivo de designar al agente del acto, definido, entonces, únicamente por ser quien decide de antemano. Sin embargo, de ello no se desprende que dicho agente esté “presente” como sujeto del acto. Se impone aquí una distinción fundamental entre el acto mismo y el sujeto dividido ($). No cabe hablar del sujeto del inconsciente en el acto: quien toma la iniciativa actúa, no piensa y solo le está prometido al fin el encuentro con el objeto a. El acto, en tanto tal, es sin inconsciente; está comandado por la pulsión.
Esta estructura, común a todo acto y no únicamente al psicoanalítico, implica un no retorno, una temporalidad de corte que no porta consigo verdad alguna. Y, sin embargo, hay un real para aquel que toma la iniciativa: un real que le procura una certeza inicial, seguida de la inmediata asunción de sus consecuencias, lo que constituye, en sí mismo, toda una ética. En efecto, certeza y asunción de las consecuencias se inscriben allí donde no existe verificación posible.
Existe el acto que marca el final de un análisis. De hecho, no hay final de análisis sin acto. En ese punto no hay sujeto del inconsciente. Ello permite la separación de la cadena significante que ocupó los años de trabajo bajo transferencia. Hay, sin embargo, una promesa, que puede parecer paradójica: quien tome la iniciativa del acto del fin de análisis no encontrará a su término sino ese resto pulsional del que no podrá desprenderse, pero que, a su vez, se ha desprendido del propio trabajo significante, del trabajo del sujeto del inconsciente bajo transferencia.
De ahí deriva la definición singular del analista cuya posición no puede ocuparse como sujeto del inconsciente, ni siquiera como quien estuviere advertido de su inconsciente. El analista opera con la pulsión que anima su propio deseo, aquella misma de la que, al iniciar su análisis, creyó poder liberarse. Solo así podrá acoger el objeto que el analizante depositará en él. Solo así podrá hacer surgir el sujeto supuesto saber sin confundirse con él. Dicho de otro modo, pondrá las condiciones para realizar el acto analítico.
Con el concepto de acto analítico, Lacan elucida por qué en un análisis no basta la interpretación que fijaría el sujeto al goce del sentido. Es necesaria la experiencia de lo real, y, para ello, es necesario el acto analítico. Es la experiencia de lo real la que conlleva “una clínica de las consecuencias”, otra manera de decir que el analizante se define por hacerse responsable de su decir.
Pero volvamos a la cita en que Lacan se refiere al acto, y no únicamente al psicoanalítico. Hay, entonces, otros actos en la vida que marcan un antes y un después. Actos cuyo fin, quisiera insistir en este término, es el objeto a, el cual en el seminario al que nos referimos está concebido como vacío2 No es la única forma de concebirlo, más adelante el objeto a será efecto del plus de gozar. Son sus dos caras: el vacío y el exceso, a saber, la pulsión captada en su forma más desnuda, si se me permite decirlo así. Quizás sea por eso mismo que Lacan dirá que el suicido es el único acto no fallido.
Entonces, el acto no trae la gloria, tampoco cabe esperar de él un heroísmo. Como Miller afirma, no sin cierta ironía, “el psicoanalista no es un héroe, es lo que queda de un héroe”3. Añadamos: del héroe que fue aquel que se sometió al trabajo de un análisis. Lo que sí cabe esperar del psicoanalista es una ética, llamémosla la ética del acto.
Neus Carbonell
Notas:
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Lacan, Jacques. “L’acte, toute acte et non pas seulement l’acte psychanalytique, ne promet à celui qui en prend l’initiative que cette fin que je désigne dans l’objet a”. Le Séminaire, livre XV, L’ Acte psychanalytique. Seuil, Paris, 2024, p. 135. ↑
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Ibid., p. 130. ↑
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Miller, Jacques-Alain. Conferencias porteñas. Tomo 1. Paidós, Buenos Aires, 2009, p. 170. ↑