Estampas de Málaga: la luz y la ola del Melillero
En los últimos años, la capital de la Costa del Sol se ha vuelto la sede de varios museos importantes: el Museo Picasso, el Museo Thyssen, el Museo Ruso, el Centre Pompidou, entre otros. La ciudad se ha llenado por así decir de obras de arte. Pero si hay una obra de arte esencial en Málaga es, en mi opinión, esa luz intangible e irrepetible que la pinta cada día recreándola en sus variaciones a cada momento. Esa luz intensa, primera intuición de la costa africana, es lo primero que a menudo percibimos los viajeros cuando ponemos los pies en ella.
Hace más de un siglo, en 1910, el filósofo Ortega y Gasset escribía en el diario El imparcial que en Málaga la tierra pierde su valor y el Mediterráneo se reduce a ser un espejo humilde que “reverbera lo único que allí es real: la luz”.
El mar refleja, sí, siempre, la luz, es un espejo del cielo, en Málaga y en todas partes. Pero a veces, como pasa en ella, ocurre que también emite su propia luz: el mar de Málaga brilla con una luz azul debido a las bioluminiscencias que emiten algunas microalgas al ser movidas por las corrientes. A ellas se suman, las inflorescencias que despiden algunas otras plantas que se han adaptado a la costa. Todas ellas colaboran asimismo en hacer de la luz de Málaga y del azul de su mar (presente en el póster de las Jornadas) algo tan especial.
La belleza no ha de hacer olvidarnos por otra parte que, bajo su posible imaginario de espejo plano, pasivo, el mar está vivo, cosa fácilmente observable en el movimiento incesante de ir y venir de sus olas, con ritmos e intensidades variables según las variaciones de las corrientes y la meteorología. Cada uno puede tener la experiencia de que más allá de los datos que tengamos sobre el estado del mar, hay cambios más o menos repentinos que, como en la vida, no podemos anticipar o controlar. Tal vez por ello, los marinos hablan de la mar, en femenino.

Pero, el mar de Málaga ofrece algo más, algo también especial: la llamada ola del Melillero. Se trata del oleaje que produce la llegada del barco que conecta la ciudad con Melilla, y que es responsable de una subida repentina del nivel del mar cada día a las 19.30 horas, divirtiendo a unos que la aguardan, y dando un susto a aquellos bañistas foráneos que disfrutan de la tranquilidad del mar.
Esta ola que siempre llega a la hora no es un fenómeno natural sino que se debe a la acción humana. Pero cuando te da un revolcón, desaparecen por unos instantes las coordenadas simbólico-imaginarias, así como toda belleza, para dar paso a otra cosa. En ese momento no importa cuál sea la causa.
Margarita Álvarez