Abrir los ojos, o cerrarlos, para ver
Unas tinieblas que prometen
y a veces amenazan abrirse […]
Es la luz que se vislumbra
y la luz que acecha, la luz que hiere.
La luz que acecha en la inmensidad de un horizonte
donde perderse parece inevitable,
y que hiere con un rayo
que despierta más allá de lo sostenible […] 1
Hay sin duda un antes y un después del acto, también hay diferencias en las consecuencias, porque si las hay es que hubo acto, y, por tanto, lo que quedó desvelado tras la sacudida será la siguiente tarea que le quedará al sujeto.
En las artes escénicas, los actos de cada obra se suelen separar por apagones de luces del escenario, pausas o caída del telón. En la poesía, el acto poético es un acto del habla o creación que rompe con el lenguaje cotidiano para causar asombro, desacomodo o nuevo significado. En definitiva, un acto posibilita el inicio de algo nuevo, da paso a lo siguiente, una apertura de puertas, la posibilidad de suscitar un nuevo deseo, y de la aparición del sujeto tras el acto, dando cuenta del paso del tiempo y de los efectos del lenguaje en el cuerpo.
Uno llega a un análisis, pero no entra hasta después. Uno llega con un malestar intentando ser un paciente, sabiendo, o sin saber, que puede alcanzar lo real del goce, pero consintiendo a la transferencia, al saber del inconsciente, al lenguaje y a su implicación para alcanzar ese real. A partir de ahí podríamos decir que surge el analizante, quiere saber algo, y se pone a trabajar, consintiendo también a la asociación libre, gracias a que el analista ha sido investido como sujeto supuesto saber y ha quedado validada su demanda. El acto está a la entrada.
“El sujeto está ya atravesado por el lenguaje, bajo el efecto de los significantes en tanto que ser sexuado”2, por lo que la entrada en análisis muestra la relevancia que se le da al acto analítico y a la ética, y las consecuencias de la experiencia misma, pudiendo acercarse al estatuto del deseo de cada cual, de su goce, e ir cercando lo que tendrá el valor de signo. ¿Cómo se llega al surgimiento de la verdad, diferenciándola del conocimiento y produciendo efectos de interpretación, como en la poesía? La dimensión de la falta es lo que funda la cura, y la transferencia es la base de la experiencia analítica.
“No todos los traspiés son interpretables”3, por lo que habrá que estar atentos, para desgranar una acción accidental o sintomática de otras cuestiones, procurando cierto borramiento de la presencia del analista para favorecer el surgimiento de la verdad y por tanto del goce, entendiendo la verdad como la inscripción del significante en el lugar del Otro, y entendiendo que “el acto analítico se articula en otro nivel diferente al del acto sexual, respondiendo a esta deficiencia que experimenta la verdad en su acceso al campo sexual”4.
“La prisa deja escapar la verdad y al mismo tiempo nos permite vivir”5. Esta afirmación me remite a lo que Miller dijo en la presentación del Nacimiento del Campo Freudiano sobre la paciencia con la impaciencia, en torno al saber esperar para enfrentar lo real y padecerlo, saber esperar y darle tiempo a cada analizante, ya que se requiere tiempo para estar en posición de analista. La importancia del tiempo, de los tiempos, esos que determinan los actos, y que favorecen la aparición de enunciados de verdad, esas verdades que cuando surgen ya no se pueden negar como golpes, sacudidas de real.
Surgimiento del analista: Al final del análisis es cuando se podrá producir el que uno tome la posición de psicoanalista. Ahí encontramos el acto al final. El análisis es como un “rodeo, una experiencia de recorrido por la verdad”6, el deseo y la castración, dando cuenta de su relación con dicha experiencia y los hallazgos y actos surgidos. Allá donde era ya no soy, reconociendo la falta inicial y la pérdida como causa de deseo y por tanto principio del acto. Entendemos el acto como una intervención significante particular, por lo que el analista tendrá que saber esperar, estar en alguna parte, pero también dividido y justo en su acto, “se le espera al fin en ese objeto a, que no es el suyo sino el que requiere el analizante para que con él sea arrojado de él”7. El analista tendrá que soportar no ser más que ese resto del objeto a, algo arrojado, reducido al final del análisis, y siendo quien da cuerpo a lo que el sujeto deviene bajo la forma de objeto a.
A través del acto singular el sujeto abre los ojos, o los cierra para ver mejor. Cualquiera de esas dos imágenes muestra la visión de una verdad. A través del análisis los sujetos se ponen a prueba bajo el discurso, perdiéndose y encontrándose, hablando y escuchando, mirando y siendo mirados, autorizando que el discurso ordene el inconsciente y consintiendo también a los efectos del lenguaje, y a que allí tome cuerpo y surja el deseo de ocupar la posición de psicoanalista. Todo bajo una forma particular, con un acto en particular y con consecuencias particulares instituyentes que cada sujeto le otorgue, poniéndose él mismo como analista. “La introducción de lo particular, de lo singular de cada sujeto, instituye la enunciación del No-Todo”8. La experiencia singular es la que consiente al No-Todo, la que permite atravesar el fantasma, llegar a la posición femenina, más allá del padre, para encontrar algo del goce singular y consentir al fin a un saber hacer con eso.
El goce es lo que resuena en el cuerpo, y a través del acto, al final, se posibilitará quizá un nuevo saber hacer con el goce que se ha podido recortar en un análisis, uno singular que se rija por el No hay relación sexual, que se desvíe de lo peor y de la repetición que lleva a lo peor.
El papel del analista, desde la ética y la transferencia, será el de soporte y el de hacer resonar, desapareciendo de la escena con su acto, para que así surja el sujeto y su encuentro con la verdad. Esa “luz que hiere con un rayo, que despierta más allá de lo sostenible”.
La transferencia se transformará después, de nuevo, dejando caer al analista para instaurar más claramente la transferencia a la Escuela.
Paula Fuentes Rodríguez
Notas:
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Zambrano, María. “El templo y sus caminos”. Los bienaventurados. Siruela, Madrid, 1990, pp. 80-81. ↑
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Lacan, Jacques. El Seminario, libro 15, El acto psicoanalítico. Clase del 22 noviembre de 1967. Inédito. ↑
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Ibid., clase del 6 de diciembre de 1967. ↑
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Ibid., clase del 29 noviembre de 1967. ↑
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Ibid., clase del 10 de enero de 1968. ↑
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Ibid. ↑
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Ibid., clase del 17 de enero de 1968. ↑
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Ibid., clase del 28 de febrero de 1968. ↑