Juanito y el acto de un niño
La sexualidad, un nombre de lo inconcebible
El rechazo a concebir la sexualidad infantil como intrínseca a todo ser hablante es estructural. El mismo Freud tuvo que rectificar su primera teoría para dar cuenta de ella, cuando sostuvo como causante la intrusión de un influjo perverso proveniente de un adulto. En su lugar, formuló la existencia de un factor sexual predisponente, presente desde la constitución misma, a la contracción de la neurosis. Lo que demuestra que, más allá de las épocas y los discursos -la actual no está exenta de ello- hay algo inasimilable en la sexualidad misma.
Lacan, en su primera etapa, formuló una observación de la cual extrajo consecuencias teóricas para su concepción del sujeto. Precisamente tomó la experiencia que hace el infans frente al espejo, la primera captación de su propia imagen que dará como resultado la cristalización de una matriz sobre la cual se apoyará el resto de las identificaciones subsiguientes. En esta primera elaboración, el correlato de goce que acompaña dicha experiencia se ubica en el júbilo que el infans siente en su cuerpo al aprehender dicha imagen. Es un goce conectado al yo en tanto instancia imaginaria, como nos indica Miller cuando desarrolla los paradigmas1. Sin embargo, Lacan no deja de resaltar la importancia de la discordia, del desajuste que hay entre la imagen aprehendida y la vivencia del propio cuerpo, experimentado como prematuro y fragmentario. Resta allí algo que no llega a integrarse en el campo especular.
Posteriormente, este cuerpo imaginario tomará otro estatuto en la enseñanza de Lacan cuando revise en El Seminario 42, la lectura que hace Freud sobre Juanito.
Otro Juanito
El caso Hans, paradigmático en el tratamiento analítico con niños, sirve de ejemplo para ilustrar el enorme trabajo de elaboración que implica para un niño el esfuerzo por encajar una pieza que no encaja por ningún lado. La irrupción de sensaciones a las que se enlaza un tipo de satisfacción en el cuerpo inaugura una vivencia que, de allí en más, delineará una cartografía del cuerpo que no es la que enseña la anatomía o la fisiología, y obligará al sujeto a tener que construir una respuesta, siempre sintomática. Sin embargo, este elemento perturbador que introduce la sexualidad puede tomar un “carácter devastador”1 en algunos sujetos que no cuentan con los recursos simbólicos necesarios para abordar dicha irrupción. En el caso Juanito -a quien por momentos Lacan acerca al delirante- la aparición del pene como elemento real es el desencadenante de su angustia, y el propulsor del armazón significante que precipitará la fobia como respuesta. Lacan señala el momento de la emergencia de la angustia como una coyuntura bisagra, que marcará un antes y un después en el sujeto: “En resumen, la angustia es correlativa del momento de suspensión del sujeto, en un tiempo en el que ya no sabe dónde está, hacia un tiempo en el que va a ser algo en lo que ya nunca podrá reconocerse”[3]. Ese tiempo que flota en puntos suspensivos es el preliminar a aquel donde advendrá un nuevo estatuto del sujeto, aquel donde acontece su acto. Y se trata de un acto que remite a la transformación del sujeto, su conversión en algo que ya no se deja integrar en el propio reconocimiento, sino que abre a una dimensión que apunta a un más allá. En este sentido, Juanito ha forjado una operación significante alternativa al complejo de castración pero que, aun así, “lo ha llevado a convertirse en otro Juanito”4.
Cada niño, por lo tanto, tendrá que inventarse una manera para hacer borde en este agujero que forja la sexualidad. La función del analista será la de acompañar dicha construcción, autorizar las ficciones que el niño despliegue, los juegos que escenifique para situar los elementos de su matriz, mediante los cuales da un orden y, en consecuencia, una posible maniobra sobre los mismos. Miller señala: “Es cierto que a los niños hay que dejarlos elaborar, más que interpretar; facilitarles la elaboración introduciendo los puntos que tocan algo de lo inconsciente”5. Se trata de una orientación diferente a la que proponían los analistas posfreudianos, donde lo que primaba era la interpretación desencadenada de todo el material que el niño desplegaba. Construir un fantasma, en los casos en que es posible, se revela como el horizonte del análisis, y esto puede tomar la dimensión de un acto: si el niño construye un fantasma es porque ha podido alcanzar una posición inconsciente respecto al sexo.
En el caso Juanito, hay una solución atípica a la problemática edípica, pero gracias al último Lacan y la pluralización de los Nombres del Padre, encontramos que ya no hay salidas “tipo”, sino que cada parlêtre tendrá que producir su propia respuesta para suplir la inexistencia de un programa sexual.
Lucía Icardi
Notas:
-
Miller, Jacques-Alain. “Paradigmas del goce”, La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica. Paidós, Buenos Aires, 2016, p. 224. ↑
-
Lacan, Jacques. El Seminario, libro 4, La relación de objeto. Paidós, Buenos Aires, 2015, p. 260. ↑
-
Ibíd., p. 228. ↑
-
Ibíd., p. 410. ↑
-
Miller, Jacques-Alain. “El inconsciente intérprete”, Introducción a la clínica lacaniana. Barcelona, RBA-Gredos, 2019. ↑