Del deseo del analista a la brújula del sinthome

En 1958, Jacques Lacan introduce la noción “deseo del analista” en un epígrafe de su escrito “La dirección de la cura” sobre cómo actúa el analista con el propio ser1. No se trata de que éste se oriente por su fantasma, por su inconsciente -Lacan responde así a los analistas que se orientan en la contratransferencia, en boga entonces. Lo que aquí aún llama la “acción del analista” convoca a una ética.

Tras enunciar en 1959 que no hay Otro del Otro2 Lacan se pregunta en su Seminario “con qué deseo va a confrontarse el sujeto en el análisis si no es con el deseo del analista”3. Aunque sigue sin definirlo hace una precisión relativa a su acto: “El corte es sin duda el modo más eficaz de la interpretación analítica”4.

Lacan hablará del deseo del analista hasta el final de su enseñanza y lo hará siempre en su articulación con el final de análisis. Sin embargo, en su última enseñanza las referencias son escasas5. Tomaré algunas de sus principales puntuaciones.

En 1964, tras introducir el objeto a, Lacan se pregunta “cómo puede un sujeto que ha atravesado el fantasma fundamental vivir la pulsión”6-avanza así la que será su teoría del final de análisis tres años después. Luego añade que “esto es el más allá del análisis y nunca ha sido abordado. Actualmente solo puede ser abordado a nivel del analista en tanto se le exige haber recorrido en su totalidad el ciclo de la experiencia analítica”7.

Poco después introduce una primera definición de la noción: “El deseo del análisis no es un deseo puro. Es el deseo de obtener la diferencia absoluta”8. Es decir, el analista apunta a que el analizante pueda mantener una distancia máxima entre la serie de los significantes-amo a los que como sujeto está “sujetado”, y el objeto a que ordena dicha serie, que en ese momento Lacan concibe como real.

En 1967, cuando propone su primera teoría sobre el pase, el final del análisis es solidario, como ha avanzado en 1964, del atravesamiento del fantasma, momento en que “se constituye para cada uno su ventana sobre lo real”9, es decir, se desvela para el sujeto el objeto con el que juega su partida en el inconsciente.

Sin embargo, en el Seminario 19, la introducción del Uno del goce o el Uno solo pasa a encarnar de una manera mucho más radical la diferencia absoluta que Lacan postulaba en el Seminario 11, cuando se trataba de separar el plano de las identificaciones del objeto a. Ya no se trata de este último, que pasa a tener un estatuto de semblante y, en tanto sentido gozado, ya “no se sostiene en el abordaje de lo real”10. En el inicio de su última enseñanza se trata del goce del cuerpo, del goce tal como ha sido atravesado por el significante, un goce fuera de sentido.

Esto empuja la investigación de Lacan sobre los finales de análisis más allá del momento conclusivo del atravesamiento del fantasma hacia lo que Freud llamó la fijación pulsional, raíz de la represión. En su último curso, Miller denomina “pase” a ese “momento en que se desnuda esta raíz”, revelando el modo de gozar del parlêtre.

Cuando el sujeto se confronta con este Uno, “la posición del analista […] ya no consiste en la función deseo del analista sino en otra […]”11. Miller redefine la noción del deseo del analista por el pase.

El analista puede avanzar, en la soledad de su acto, en la medida que ha extraído un saber en su análisis sobre cómo sus propios arreglos con lo real fueron sorprendidos o molestados por el equívoco que deshace el sentido hasta dejar al sujeto frente a su goce opaco, hasta cernir su sinthome. El equívoco es la herramienta que el analista tiene a mano en adelante para sorprender al analizante y llegar a “deshacer por la palabra eso que fue hecho por la palabra”12.

El analista sabe que no puede prescindir de su sinthome, pero aprende a servirse de él para hacer un uso nuevo en su práctica orientada hacia y por lo real.

La sujeción al sinthome es la mejor brújula que tiene para no desorientarse en la dirección de la cura. El analista analiza con él. Y cuanto más el sinthome es su brújula, más necesario es el control del acto.

Margarita Álvarez

m.alvarezvillanueva@gmail.com

 

Notas:

  1. Lacan Jacques. “La dirección de la cura los principios de su poder”, Escritos II. S. XXI, México, 2013, p. 586.

  2. Lacan Jacques. El Seminario, libro 6, El deseo y su interpretación. Paidós, Buenos Aires, 2014, p. 190.

  3. Ibid., pp. 536-7.

  4. Ibid., p. 537.

  5. Álvarez, Margarita. “El deseo del analista: Un recorrido conceptual”, Cuadernos de Psicoanálisis, n. 37. ICF, Madrid, 2015, pp. 44- 56.

  6. Lacan Jacques. El Seminario, libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós, Buenos Aires, 1987, p. 281.

  7. Ibid.

  8. Lacan Jacques. “Proposición del 9 de octubre sobre el psicoanalista de la Escuela”, Otros escritos. Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 272.

  9. Lacan Jacques. “Proposición del 9 de octubre sobre el psicoanalista de la Escuela”, Otros escritos. Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 272.

  10. Lacan Jacques. El Seminario, libro 20, Aún. Paidós, Buenos Aires, 1991, p. 115.

  11. Miller, Jacques-Alain. “De la falta en ser al agujero”, El ser y el Uno. Freudiana, n. 70. ELP, Barcelona, 2014, p. 20.

  12. Lacan Jacques. Le Seminaire, livre XXV, Le moment de conclure. Clase del 15 de noviembre de 1977. Ornicar? n. 19. Lyse, Paris, 1979, p. 6.

 

Estampas de Málaga: la luz y la ola del Melillero

En los últimos años, la capital de la Costa del Sol se ha vuelto la sede de varios museos importantes: el Museo Picasso, el Museo Thyssen, el Museo Ruso, el Centre Pompidou, entre otros. La ciudad se ha llenado por así decir de obras de arte. Pero si hay una obra de arte esencial en Málaga es, en mi opinión, esa luz intangible e irrepetible que la pinta cada día recreándola en sus variaciones a cada momento. Esa luz intensa, primera intuición de la costa africana, es lo primero que a menudo percibimos los viajeros cuando ponemos los pies en ella.

Hace más de un siglo, en 1910, el filósofo Ortega y Gasset escribía en el diario El imparcial que en Málaga la tierra pierde su valor y el Mediterráneo se reduce a ser un espejo humilde que “reverbera lo único que allí es real: la luz”.

El mar refleja, sí, siempre, la luz, es un espejo del cielo, en Málaga y en todas partes. Pero a veces, como pasa en ella, ocurre que también emite su propia luz: el mar de Málaga brilla con una luz azul debido a las bioluminiscencias que emiten algunas microalgas al ser movidas por las corrientes. A ellas se suman, las inflorescencias que despiden algunas otras plantas que se han adaptado a la costa. Todas ellas colaboran asimismo en hacer de la luz de Málaga y del azul de su mar (presente en el póster de las Jornadas) algo tan especial.

La belleza no ha de hacer olvidarnos por otra parte que, bajo su posible imaginario de espejo plano, pasivo, el mar está vivo, cosa fácilmente observable en el movimiento incesante de ir y venir de sus olas, con ritmos e intensidades variables según las variaciones de las corrientes y la meteorología. Cada uno puede tener la experiencia de que más allá de los datos que tengamos sobre el estado del mar, hay cambios más o menos repentinos que, como en la vida, no podemos anticipar o controlar. Tal vez por ello, los marinos hablan de la mar, en femenino.

 

 

Pero, el mar de Málaga ofrece algo más, algo también especial: la llamada ola del Melillero. Se trata del oleaje que produce la llegada del barco que conecta la ciudad con Melilla, y que es responsable de una subida repentina del nivel del mar cada día a las 19.30 horas, divirtiendo a unos que la aguardan, y dando un susto a aquellos bañistas foráneos que disfrutan de la tranquilidad del mar.

Esta ola que siempre llega a la hora no es un fenómeno natural sino que se debe a la acción humana. Pero cuando te da un revolcón, desaparecen por unos instantes las coordenadas simbólico-imaginarias, así como toda belleza, para dar paso a otra cosa. En ese momento no importa cuál sea la causa.

Margarita Álvarez