Del trabajo analítico al deseo del analista: hablar, leer, decir, hacer

El título de este eje podría dar a entender que se trata aquí de un camino que se despliega de un punto de partida a un punto de llegada; nada más alejado de la orientación lacaniana. Con la enseñanza de Lacan, no estamos en un espacio geométrico, sino en uno topológico.

Cuando hablamos de trabajo analítico nos referimos a todas esas operaciones que ponen en forma el dispositivo analítico cuando se inicia un análisis. Si se produce la entrada en análisis, a partir de ese momento, el trabajo analítico por la vía de la transferencia pondrá en juego una serie de acciones. Así, hablar, leer, decir y hacer cobrarán una espesura específica en la aventura de un análisis.

Si bien estas cuatro acciones son tributarias del ser hablante y no exclusivas del hecho de analizarse, lo que podemos decir es que en el análisis éstas se ponen en juego de un modo particular, puesto que gravitan alrededor de la verdad del sujeto. El trabajo analítico, en un primer momento, se erige con el anhelo de querer atrapar esa verdad que suponemos liberadora. Es entonces porque las operaciones de hablar, leer y decir pivotan sobre la verdad del parlêtre, que la dimensión creacionista de las mismas irá cobrando consistencia. Podríamos decirlo del siguiente modo: el sufrimiento es tributario del ser, puesto que, como nos lo enseñó Lacan, el ser siempre es “falta en ser”, el ser está, estructuralmente, marcado por una falta. El peso de esa falta genera fijaciones de goce que están en el hueso de los síntomas, en el soporte de las identificaciones. La falta-en-ser rehúye el vacío. Por eso el síntoma es el que habla y hace en y con nosotros. El ser carga el peso de lo heredado.

Analizarse no es para cobardes. Las posibilidades de transmutación del goce que ofrece el psicoanálisis, no obstante, conllevan un precio a pagar, cuyo correlato metálico es tan solo la más levísima sanción de ese precio.

Las mutaciones propias de un análisis conllevarán transformaciones en la naturaleza misma de estos cuatro verbos infinitivos. Al comienzo el analizante le habla al otro y habla del otro: no se escucha. La entrada en análisis, que incluye la dimensión del acto, produce un primer viraje: leer el síntoma es la posibilidad que se inaugura cuando el analizante empieza a escucharse. Esas operaciones de lectura van abriendo el paso a la propia enunciación, a su decir.

El analizante, cuando lo es, va vaciando la consistencia de sus identificaciones, movilizando las fijaciones de su síntoma y produciendo una mutación del goce. No obstante, esta operación requiere un compromiso, una responsabilidad subjetiva que necesariamente va a estar unida a su hacer. Esa responsabilidad con su hacer es lo que permite una paulatina desubjetivación. Pienso que un análisis llevado lo suficientemente lejos produce un acto de escritura. Y si es necesario “hacer” un acto de escritura, es porque el análisis es una experiencia que “deshace” un anudamiento previo: el anudamiento que nos ofreció el Otro como desecho del deseo del que provenimos. Si las fijaciones pueden aflojarse solo es al precio de una invención, de un reanudamiento.

El análisis, a la vez que desanuda, transmuta el síntoma, es decir, permite al analizante pasar de padecerlo a usarlo. Tal es la operación por excelencia de la función paterna. Es así como, algunas veces, va surgiendo la función analista, a la que llamamos “deseo del analista”. Me refiero a aquellos, algunos que, a la vez que se analizan, se van autorizando al ejercicio del psicoanálisis. Si bien ese trayecto está escanciado por distintos momentos de autorización, el recorrido se cuece a fuego lento. La destitución subjetiva que se va produciendo, poco a poco, si bien atenúa el padecimiento, es un camino sin retorno: necesariamente se produce al precio de una elección forzada. Esa elección forzada es el devenir del deseo del analista.

El deseo del analista es el modo singular del psicoanálisis para anudar una causa a un destino, pero a condición de hacerse cargo del vacío que soporta. No obstante, no hay que confundirse: ese vacío no es la “falta en ser”, ese vacío no es suyo, es un vacío estructural que, al ser encarnado por el objeto a, se pone en juego en este espacio entre, donde gracias a las operaciones propias del lenguaje articuladas en una lógica y una ética, podrán eventualmente producir un análisis.

El pase es un modo de hablar de este pasaje. El paso de analizante a analista tiene que ser verificado y esta acción depende de la escritura de la que haya sido capaz de formalizar el analizante para dar cuenta de “esa diferencia absoluta”. El dispositivo del pase sanciona un AE; ahora bien, de las resonancias producidas por la transmisión de sus enseñanzas tendremos la confirmación de esa verificación, de si hay AE.

El deseo del analista, ese deseo de encarnar “la diferencia absoluta”, es un nombre de la singularidad. Podemos ilustrarlo diciendo que la IA es su contrario: una producción surgida de la ponderación de la media absoluta de los registros de los seres humanos. Una producción muerta. La producción, resultado de la emergencia del deseo del analista, de la encarnación de una función en cuyo corazón late el vacío, es el resultado de la escritura que, un día el analizante alcanzó por llevar hasta sus últimas consecuencias el hablar, el leer, el decir y el hacer alrededor de su propia verdad. Lejos de haber arribado al puerto de encontrar su respuesta, la reducción lo anuda de forma inevitable a la elección forzada a la que se habitúa -en cada sesión, con cada analizante- a consentir encarnar.

El deseo del analista es la causa que ex-siste de la escritura de un destino que nunca estuvo escrito.

Irene Domínguez

irenecolocha@gmail.com