Sobre la práctica de escritura y el acto creativo. Entrevista a Pablo Bujalance

Catherine Salamanca: Pablo, ¿qué es esto a lo que te dedicas?

Pablo Bujalance*: Me presento simplemente como escritor y periodista. Durante veinte años formé parte de la redacción del diario Málaga Hoy, pero hace cuatro años abandoné la redacción para poner en marcha mi escuela de escritura creativa, el Taller de Mundos Posibles, aunque sigo colaborando en prensa con distintos medios. Actualmente el taller es mi actividad principal, junto a mi faceta creativa: publicación de libros y escritura de textos dramáticos para compañías de teatro.

C. S.: ¿Cómo experimentas el acto de escribir? ¿Hay algo ineludible en la escritura para ti?

P. B.: La escritura se termina haciendo algo cada vez más necesario, algo que reclama tiempo y dedicación. Sin una cierta rutina con la escritura, sientes que careces de las herramientas necesarias para resolver tu día a día. Es una dependencia feliz y plenamente aceptada. No soy un escritor tortuoso que se autoflagela. Para mí, escribir es un hecho gozoso.

No tengo rituales muy precisos de escritura. Escribo en soportes muy diferentes: ordenador, cuadernos a mano. Soy un escritor muy observador, escribo mucho en la calle tomando nota de lo que veo. La escritura en sí nace de un gesto espontáneo, muy libre, poco domesticado. Es un continuo que no obedece a los horarios previstos. Siempre llevo encima un cuaderno, un lápiz. Escribir a lápiz es mi manera de dibujar, utilizar las palabras como si fueran dibujos. La escritura para mí es un continuo, una manera de respirar, de estar en el mundo.

El Taller de Mundos Posibles

C. S.: ¿Cómo surgió el Taller de Mundos Posibles?

P. B.: Surgió de manera inesperada, en octubre de 2021, con los coletazos de la pandemia. Convoqué la actividad presencial y me encontré con un volumen muy importante de personas interesadas. Era un momento en que muchos echaban de menos espacios culturales presenciales.

Entonces decidí darle la vuelta y hacer de esto mi actividad principal. El taller siguió creciendo año tras año. El año pasado inauguramos nuestra nueva sede en Málaga, en un local amplio que reformamos a nuestro gusto. Este curso añadimos talleres de filosofía que dirige mi mujer, Manuela Caparrós.

El proceso creativo y el permiso para escribir

C. S.: Cuando trabajas con personas en sus procesos creativos, ¿observas un momento de consentimiento, de decisión para pasar del silencio al acto de escribir?

P. B.: Sí, es como si hubiera una obstrucción intelectual que impide a muchos aceptar la importancia de la escritura, la idea de que pueden escribir lo que quieran y sentirse cómodos con ello. Muchos llegan con un respeto casi sacerdotal al hecho de escribir, como si estuvieran mancillando algo.

La manera de trabajar que propongo es muy lúdica. Hay que partir de la premisa de que no hay que tener miedo a equivocarse. Más aún, equivocarse es importante. Para equivocarte necesitas hacer de este proceso algo natural, algo que simplemente hagas. Seguramente la siguiente vez estarás más cerca de escribir lo que quieres.

Este proceso de darse permiso tiene que ver con la educación que recibimos, con la escritura como algo reservado a ciertas élites. Muchos llegan pidiendo permiso para entrar ahí. Pero cualquiera puede escribir, cualquiera puede incorporar la escritura como una herramienta personal.

El asombro de lo cotidiano

C. S.: Hablas del asombro de lo cotidiano y lo infraordinario. ¿Qué te lleva a poner el foco en lo que pasa desapercibido?

P. B.: Lo primero en lo que insisto siempre es en esta idea. Nuestro logo es un ojo abierto. Partimos de la premisa de aprender a mirar para aprender a escribir. La escritura creativa no nace de un apartamiento de la realidad. El escritor es alguien que se contamina, que tiene interés y curiosidad en el mundo que le rodea. De ese interés nace la escritura.

Esa atención se concreta en lo pequeño, en el detalle. Si somos capaces de trascender la panorámica con la que vivimos día a día y vivir en un plano más microscópico, atendiendo a los pequeños cambios y acontecimientos, la escritura se enriquece. Flaubert decía que el demonio está en los detalles. Yo digo que está todo en los detalles. En los detalles es donde te juegas la escritura realmente.

C. S.: ¿Qué suele pasar desapercibido?

P. B.: El 90% de lo que percibimos día a día. Los cambios de estaciones, los cambios sociales en nuestras ciudades, cómo el turismo está modificando los espacios urbanos. Vivimos en nuestros horarios sin prestar atención. Pero si cuando vas a la panadería prestas atención a lo que hablan en la cola, recibes información, aprendes cosas. A medida que adiestras esto, lo que cuentan te es menos ajeno.

Cuanta más atención prestamos, más materia tenemos para escribir. Simone Weil decía que el amor nace de la atención. Con la escritura pasa lo mismo. Cuando te enamoras, cualquier detalle de esa persona te importa. El amor empieza por ahí. Con la escritura igual: escribimos porque el mundo nos gusta, porque amamos el mundo. Los cambios que nos ofrece nos importan. Por eso escribimos.

El tiempo de la escritura

C. S.: ¿Existe algo como un tiempo propio de la escritura? ¿Cómo se relaciona la urgencia, la espera y el momento de concluir?

P. B.: Una vez que aparece la obra, necesitas tener una relación creativa con el tiempo. Asumir el desarrollo de un proyecto literario necesita disciplina: darle el tiempo que exige. Está bien plantearse tiempo concreto en tu agenda semanal y es importante que esos horarios se respeten. No todos disponen de ocho horas, pero igual bastan dos horas al día para sacar adelante un proyecto.

Es importante que ese compromiso se mantenga hasta que terminas. Una de las cuestiones que vemos en el taller es la importancia de dedicar un tiempo previsto y respetarlo. Después

Síntomas contemporáneos

C. S.: ¿Qué observas en los síntomas de nuestra época?

P. B.: Me dan miedo los trazos gruesos para definir la sociedad actual. Byung-Chul Han habla de la sociedad del cansancio, Bauman de la sociedad líquida. Pero podríamos hablar de sociedades martirizadas por el cansancio en cualquier época. Veo muchas paradojas en la sociedad contemporánea, lo cual es bueno y sano.

Pero quizá mi mayor empeño tiene que ver con las identidades. Las identidades convertidas en recursos acomodaticios para defender determinadas posturas sin reflexionar de manera crítica. Te acoges a una identidad que ya habla por ti, que ya se posiciona por ti. Tu actitud se vuelve pasiva, defiendes un ideario precocinado del que tú no intervienes.

Esto me fascina. En Shakespeare, por ejemplo, está muy viva la idea de una identidad creativa o creadora: una identidad que se crea a sí misma, que es capaz de hacerse en función de lo que necesita, ama y ve en el mundo. Existe una identidad heterónoma (yo soy lo que tú quieres que sea) y una identidad autónoma (yo creo lo que quiero ser). La cultura queer tiene mucho que ver con esto: la decisión que haces respecto a tu identidad y cómo te presentas en el mundo.

Mi obra quiere ser un interrogante: ¿estás seguro de que eres quien quieres ser, o estás haciendo lo que otros quieren que seas? Me gustaría que mi obra lance este dardo siempre.

El cuerpo en la escritura

C. S.: ¿Qué pasa con el cuerpo en la escritura? ¿Escribes con, desde el cuerpo?

P. B.: Es una cuestión fundamental. En narrativa y teatro, cuando construyes un personaje y un actor lo interpreta, le da un cuerpo. El actor utiliza su cuerpo para dar al personaje un cuerpo: gestos, movimientos, características.

En narrativa invito a asignarle un cuerpo a los personajes: cómo funcionan, cómo se sientan, cómo andan. Pequeños rasgos, imperfecciones: cómo mueve las manos, cómo sube una escalera, si le duele algo, cómo se rasca la cabeza, si guiña un ojo, si frunce el ceño. Todo esto da al personaje mucha más vida. Siempre digo: a nuestros personajes les huelen los sobacos. Son cuerpos y reaccionan como cuerpos.

En la poesía es distinto: el cuerpo es el poema. Invito a pensar en los poemas como objetos, obras de arte que intervienes. Como si fueras artista y coges una piedra: la pintas, la modelas, la conviertes en escultura. Con el poema debe ser parecido. Es un objeto que se interviene.

Lo interesante es cuando el objeto es un ser vivo, un cuerpo que respira, crece, evoluciona. Siempre puedes volver al poema y cambiarlo: cambiar una palabra, mover un verso, añadir o quitar un adjetivo. Es un cuerpo vivo que sigue creciendo. Al final muere cuando lo publicas, porque ya no cambia. El cuerpo es el poema, una criatura que intervenimos. Es un proceso muy esmerado, al microscopio, como podar un bonsái.

La palabra hablada y la letra escrita

C. S.: ¿Experimentas alguna diferencia entre lo que se dice y lo que se escribe?

P. B.: La mayor parte de la literatura procede de la tradición oral. La poesía nació en la tradición oral, se transmitía oralmente durante siglos, algo que se aprendía al oído. Homero no escribió nada, compuso sus cantos en su cabeza y se transmitieron de boca a oreja durante siglos.

En la Edad Media, con población mínimamente alfabetizada, la poesía se transmitía oralmente a través de juglares. El cuento está muy ligado a la tradición oral. Álvaro Cunqueiro decía: «Un cuento funciona cuando al leerlo sientes que te lo está susurrando alguien al oído.» Cuando lo que hay de oralidad salta del papel.

La literatura como actividad escrita y leída es un invento relativamente reciente. En los Siglos de Oro el principal medio de difusión cultural era el teatro, porque había una mayoría social que no sabía leer. Incluso Jane Austen escribía sus novelas sabiendo que se iban a leer en voz alta en las casas.

Para mí es muy importante advertir todo lo que hay de oralidad en la escritura. La poesía, el cuento, el teatro son expresiones orales sometidas a un trasvase a la escritura de manera muy reciente. Me gusta estar pendiente de que lo que escribo me resuene. Por eso leo en voz alta todo lo que escribo. El oído es muy buen juez: si has escrito algo bueno, el oído lo va a decir.

La honestidad en la escritura

C. S.: ¿Qué es para ti la honestidad en la escritura?

P. B.: Cada vez estoy más convencido de que lo importante no es escribir bien, es escribir mal. No es una paradoja. La escritura nace de esta paradoja. No es un arte que perfeccionas con el tiempo, es un arte con el que te retas a ti mismo cada vez más, te pones contra las cuerdas, vas a ese sitio donde no sabes hacer lo que quieres hacer. Y como no sabes, vuelves a ser un aprendiz.

*Pablo Bujalance: www.pablobujalance.es

Entrevista realizada por Catherine Salamanca