El acto de concluir
Al inicio del análisis está la demanda al Otro; el analizante va a desplegar su queja, su demanda respecto a sus encuentros y desencuentros con el Otro. Sin saberlo, irá desplegando en los sueños, actos fallidos, en su decir, la manera en que lalengua le fue hablada.
Una vez establecida la transferencia, podríamos pasarnos la vida contándole al Otro, una y otra vez los diferentes avatares de la vida… si no fuera porque hay un analista que guía la cura hacia la posibilidad de encontrar esas palabras, e incluso esa o esas letras, ese Uno, l’Un tout seul, con nuestros “trocitos” de lalangue que nos marcaron.
Hablar y hablar de cómo hemos sido hablados, deseados o no, antes de nuestra llegada al mundo, cito a Lacan: “Sabemos muy bien en el análisis la importancia que tuvo para un sujeto, vale decir, […] la manera en que fue deseado. Hay gente que vive bajo el efecto […] del hecho de que uno de los dos padres -no preciso cuál de ellos- no lo deseó”1.
“Los padres modelan al sujeto en esa función que titulé como simbolismo: […] la manera en que le ha sido instalado un modo de hablar no puede sino llevar la marca del modo bajo el cual lo aceptaron sus padres”2.
“El cuerpo en el significante hace rasgo y rasgo que es un Uno. Traduje el einziger Zug que Freud enuncia en su escrito sobre la identificación, cómo rasgo unario”3.
Pensando algo sobre “El acto”, para nuestras próximas Jornadas, recordé el testimonio de Omaïra Meseguer publicado en Letras lacanianas nº 25 con el título: “Torcer las palabras”.
Extraigo de su texto: “Dado que hemos aprendido a hablar, hemos escuchado lo que se nos ha dicho. O mejor, hay dichos del Otro que hemos atrapado de manera contingente, y que nos han golpeado. Hay una dimensión en este golpe de un decir, no se sabe por qué fue ese decir el que le pegó al cuerpo y no otro. No se sabe por qué ese pedazo de lalengua fue el que dejó una marca. Eso se llama la contingencia, el misterio del cuerpo hablante”4.
Ella habla de que, en su recorrido analítico, la renuncia a lo que ella llama «la embriaguez de los porqués” fue fundamental para salir del gusto por el sentido. Desarrolla los conceptos de moterialisme y sinthome, que Lacan introduce en la Conferencia de Ginebra, para ir “más allá del inconsciente”. ¿Cómo entender esta afirmación? se preguntará, y continúa: “Si al comienzo de su enseñanza, Lacan había afirmado el inconsciente como discurso del Otro, al final se trata más bien del Uno sin el Otro”5.
El texto de Omaïra es un testimonio precioso de cómo en su análisis fue “podando” el sentido, la palabrería, para poder encontrarse con su Uno, con su rasgo.
Sigue Omaïra: “El analizante logra hacer poesía, cuando llega a hacerlo -precisa Lacan- lo cual requiere un esfuerzo, arrancarse algo. El analizante logra hacer poesía gracias al corte del bisturí que utiliza el analista para recortar y obtener un decir. El analista rebana, divide, separa con un instrumento afilado. Lacan usa la metáfora del cocinero que sabe por dónde pasa el cuchillo para desgarrar el pedazo de carne (Lacan, Seminario 1, Los escritos técnicos de Freud); habla también del cirujano que sabe por dónde pasa el corte sin que le tiemble la mano”6.
Les invito a leer detenidamente su testimonio, en el que con un finísimo humor dice que su primer analista se vio obligado a hacer “un cierto número de operaciones con hacha”.
En su testimonio vamos viendo cómo se va desprendiendo de identificaciones… “Pedazos enteros se caían…”, cómo su pasión por comprender cae y cómo sus decires se separan de su habladuría. Hasta llegar a una reducción que le hizo “Resurgir los sonidos de su lengua materna” y dónde esta reducción llegó a una palabra e incluso a un fragmento de palabra que es su trazo, su rasgo, su sinthome, nos dirá. Esto que aquí dejamos reducido a unas líneas son, para ella, largos años de su vida en análisis. Y creo que podríamos decir largos años para quienes hemos llegado hasta el final. Y años en los que ir asumiendo estas pérdidas, como nos testimonia Omaïra, pero también, con la ligereza que esta pérdida conlleva.
Y sin ninguna garantía de poder llegar hasta el final, hasta poder encontrarse con esta reducción al mínimo, a una palabra, a una letra. Se trata de un hecho puramente contingente, pero, no sin el deseo y la aceptación de un analizante, no sin el deseo de un analista que oriente la cura hasta el final, con sus cortes y con su acto.
Ahora bien, el acto de concluir es un acto del analizante, que ya en ese momento deja de serlo y puede despedirse. Creo que se trata de un momento crucial, en el que el analizante “sabe” que ya es el final y que el analista sepa recoger y aceptar esta última palabra de su, hasta entonces, analizante.
Elena Usobiaga
Notas:
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Lacan, Jacques. “Conferencia de Ginebra”, Intervenciones y textos 2. Manantial, Buenos Aires, 1993, p. 124. ↑
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Ibid., p. 124. ↑
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Ibid., p. 139. ↑
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Meseguer, Omaïra. “Torcer las palabras”. Letras Lacanianas nº 25, Madrid, 2023, p. 49. ↑
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Ibid., p. 51. ↑
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Ibid., p. 52. ↑