Maniobras para despertar
En 2004, en el Espacio de Investigación en la clínica con niños y adolescentes, se nos convocaba a abordar las declinaciones de la clínica de la infancia, que bajo la forma de los mono-síntomas constituían la demanda de esa época: niños hipercinéticos, niños violentos, maltratados, traumatizados, disléxicos, autistas…
Quince años después la pandemia constituyó una brusca irrupción de la angustia en el espacio colectivo. Una pediatra nos recibía en los ambulatorios con los brazos en alto a la voz de: “¡Ansiedad, ansiedad!”. Los cuadros de angustia generalizada, más acotados a los casos en la adolescencia, se habían extendido como un reguero viscoso a la infancia. Niños de 6 u 8 años que desconcertaban a sus pediatras, manifestando estados de ansiedad, que aumentaban las propias.
Duró lo que duró la pandemia y un poco más, mientras se mantuvo el estado de alerta y el abandono de las mascarillas permitió otra vez, literalmente, respirar.
Y con ello un retorno a lo ya conocido: la clínica ligada a la demanda familiar y sobre todo escolar, TDAs, TDAHs, trastornos de la conducta, trastornos del aprendizaje, trastornos de la alimentación, acoso… Síntomas de respuesta a la demanda del día a día: ¡Levántate, vístete, come, estudia, estate quieto, atiende, pórtate bien, controla tus esfínteres! Si a ello añadimos el fácil acceso a las pantallas, también se une a este grupo mayoritario de las demandas dirigidas a los Centros de atención infanto juvenil, las llamadas “adicciones” a esos objetos/pantalla que hoy en día sustituyen al peluche, el trozo de manta… el objeto transicional que venía al lugar del vacío dejado por los padres. Así es de usual que en cuanto el padre, la madre, es requerido a entrar en el despacho, el niño/a, o bien se agita, e insiste en entrar con éstos o bien, más común aún, les pidan el móvil para poder permanecer en espera.
Post-pandemia implica entonces un retorno al sueño de lo normalizado en nuestra época: niños que, con sus síntomas, hacen síntoma en el tejido social: niños acunados en sus imaginerías fantasiosas, agitados en sus cuerpos, sin intereses propios, sin motivos para aprender, escasamente contagiados por el virus de algún deseo particular. Niños que no se han acompasado con los límites de su propio cuerpo y los de los otros, violentos, segregadores, acosadores, o autolesionadores.
“Bajo esta forma el sujeto queda pegado, capturado en el goce que obtiene de los significantes amos en los que se aliena, en tanto niño hiperactivo, disléxico, etc. Se trata de una clínica de la indiferencia en la que la dimensión del sujeto queda totalmente elidida bajo el peso de los protocolos, la estadística, los procedimientos y los controles de calidad.” Así se describía al sujeto/niño, en aquella convocatoria de trabajo hacia las Jornadas del Cereda, en 2004. Y las preguntas alrededor de las cuales se nos invitaba a participar eran: ¿Qué maniobras a nuestro alcance para poder despertar al sujeto?, ¿cómo convocarlo al lugar de la verdad?
Preguntas muy oportunas aún hoy en día que se avienen bien al acto del analista: ¿cómo despertar?
Como nos señala Jacques-Alain Miller, en Interpretar al niño1, el analista en tanto instrumento es más requerido por los padres, por la escuela, los servicios sociales, que por los propios niños. De manera que, siendo menos instrumento para éstos, el analista “está obligado a tomar más iniciativas que con los adultos”. No se trata tanto de que una interpretación sea más o menos clara, se trata de algo más. En sus palabras: “De algún modo, entra en la interpretación todo lo que tiene valor de mensaje, o incluso de señal enviada”. Poniendo en relieve, no obstante, que alguno de esos mensajes tenga un valor transformacional. Condición primera, que Lacan exige en un decir que sea “acto”. “Digamos primero: el acto (a secas) acontece por un decir, a partir del cual el sujeto cambia”2.
Tomar más iniciativas implica también determinadas operaciones con el entorno del niño. Esos adultos que sí nos solicitan como instrumento, a veces incluso, con demandas terapéuticas apremiantes. Un señalamiento a uno de los padres, un punto de contención en los educadores, ciertas recomendaciones, algunas indicaciones, que se resumen en darles un lugar en “el texto” del síntoma a leer.
Se trata en definitiva de que la operación del analista: sus mensajes, sus maniobras, su hacer, sus señales, apunten en primer lugar, a despegar al sujeto de los significantes amos del Otro. En segundo lugar y en la manera de lo posible, que el sujeto se acerque a un cierto vislumbrar de algo de lo inconsciente y, por último, que pueda emerger algo más responsable de su propio decir. En otros casos, se trata solo de apaciguar el hablar incesante del cuerpo, al trasladar su agitación motriz en manifestaciones más recogidas por las palabras, los sueños, los actos fallidos… más enunciados que actuados.
No toda “transformación” es, sin embargo, bien recibida por los adultos. Que un niño en exceso “dócil” y callado se convierta en “respondón” produce en los padres una nueva queja. Bien, otro niño que sin motivos se lanza de manera agresiva contra sus pares, empiece a propinarse golpes contra sí mismo pero que, tras pasar por urgencias, comienza de manera sorprendente una nueva forma, menos agresiva, de relacionarse con los otros. O en un caso que Patrick Monribot explica de un niño de 5 años, tan agitado que se pone constantemente en peligro, y que se apacigua tras la aparición de una enuresis nocturna3.
Son solo casos que no hacen sino confirmar que el psicoanálisis no es una terapéutica como las otras.
Myriam Chang
Notas:
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Miller, Jacques Alain. “Interpretar al niño”, Nueva Red Cereda
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Lacan, Jacques. “El acto analítico”, Otros Escritos. Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 395. ↑
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Monribot, Patrick. “La posibilidad del inconsciente en las curas actuales”, Freudiana, nº 99. ELP, Barcelona, 2023, p. 80. ↑